Algunos chimpancés siguen ritos religiosos similares a los que podrían haber profesado nuestros antepasados. De repente, la espiritualidad, la única chispa que nos quedaba a los hombres para distinguirnos de las bestias, salvaba la barrera invisible entre la humanidad y la animalidad y llegaba a unos grupos de simios de África Occidental. Prometeo nos había robado el fuego para dárselo a nuestros peludos parientes. Pero nunca nada es tan sencillo.

Las noticias sobre esto no son recientes (la búsqueda de «chimpancés religión» nos devuelve unos 370 000 resultados) son de 2016, pero lo recordé porque hace poco leí sobre esto en La inesperada verdad sobre los animales, de Lucy Cooke, y poco más tarde me lo volvió a traer a la memoria un artículo de Jotdown.

Este último, firmado por E. J. Rodríguez, y titulado ¿Sueñan los simios con seres invisibles? habla constantemente de «sacralización», de «altares», de «lugares sagrados», incluso de «interacción con seres invisibles», cuestiones que se dan por sentadas porque es lo que haríamos nosotros. Es decir, estamos trasplantando siglos de cultura religiosa a unos grupos de simios sin ningún tipo de prueba científica, con el único aval que nos da nuestra historia.

El ansia por comprendernos a nosotros mismos, nuestros orígenes, las raíces de nuestras espiritualidad es tal que somos capaces de recurrir a cualquier cosa. Incluso a lo que hace un grupo de chimpancés de África occidental. Y es comprensible: saber cuándo comenzamos a creer en cualquier tipo de divinidad es saber cuándo comenzamos a cuestionarnos el mundo material y empezamos a buscarle una trascendencia; cuándo surgió nuestra espiritualidad y cómo y por qué dimos el paso definitivo que nos alejó de los animales para empezar a ser lo que somos hoy será uno de los grandes hallazgos antropológicos de todos los tiempos. Así que es fácil y casi lógico pasar de una hecho simple (estos montículos de piedras sin ninguna función evidente que pusieron chimpancés se parecen mucho a los que hacían los humanos y que, sospechamos, forman parte de algún tipo de rito que no sabemos identificar) a una conclusión bastante compleja y no suficientemente sólida como para poder afirmarla con rotundidad (como creemos que los montículos de los humanos formaban parte de algún tipo de rito religioso y estos montículos de los chimpancés se parecen mucho, tienen que tener la misma función, por lo tanto, lo chimpancés tienen una religión).

Chimpancé
Chimpancé (foto de La Vanguardia)

En esta línea, Lucy Cooke advertía del riesgo (científicamente hablando, se entiende) de atribuir a los animales conductas puramente humanas y como ejemplo utilizaba precisamente este caso. No negaba la posibilidad de que estos chimpancés hubiesen desarrollado una espiritualidad que no se encuentra en otros grupos de simios. Si no que descartaba que esa debiese ser la primera interpretación que debíamos darle. Incluso, añade, suponemos que los primeros humanos que levantaron esos montículos de piedras lo hicieron porque formaban parte de algún ritual, pero que es una conclusión sacada desde nuestra perspectiva actual y que muy bien podría estar equivocada.

Desconocemos por qué lo hacían nuestros antepasados y desconocemos por qué lo hacen los chimpancés. Cualquier cosa que podamos decir no pasa de ser una teoría que, como toda teoría, deberá ser demostrada. Así, en el artículo de Rodríguez también se habla de un «vínculo emocional» entre los chimpancés y los «lugares sagrados». Por lo que sabemos, puede ser simplemente atracción por un lugar concreto, por unos patrones a la hora de ordenar las piedras o, simplemente, descubrieron la belleza de esos lugares concretos y de las transformaciones que ellos mismos hacen. ¿Acaso no pueden los chimpancés haber desarrollado un sentido estético en vez de uno religioso?

«Nuestra visión antropocéntrica del mundo siempre nos hizo pensar que determinados fenómenos intelectuales eran exclusivos de la especie humana, pero […] casi nunca es así», dice Rodríguez. Asimismo, y perdonen la perífrasis, nuestra visión antropocéntrica del mundo siempre nos hizo pensar que determinadas actuaciones animales solo podían atribuirse a valores humanos y casi nunca fue así. Tendemos a interpretar el mundo partiendo de ideas preconcebidas, de las que intelectualmente más nos conforten, de aquellas que nos ayuden a entender lo que nos rodea sin cambiar nuestros prejuicios.

No somos dioses, no hay fuego y no hay ningún Prometeo que venga a quitárnoslo para dárselo a los chimpancés. Tal vez deberíamos tomarnos menos en serio, quitarnos importancia y tratar de ver el mundo desde otros puntos de vista. Como el del chimpancé que se sienta delante de un árbol hueco después de colocar unas piedras.

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2 comentarios

  1. Últimamente envidio a los creyentes. Ojalá un altar – me valdría uno construido por chimpancés – donde rezarle a mi amiga María. Pero ni la tristeza que me produce saber que nunca más oiré su voz (he entendido de golpe el significado de «desesperanza») consigue hacerme creer. Sin embargo, sí me imagino sentada frente a la playa, en Porto do Son, disfrutando del paisaje y pensando en ella.

    No pretendo yo atribuirle a los chimpancés mis costumbres humanas – disfruto mirando lugares, cosas y personas que me gustan – pero me quedo con esta parte de tu teoría:

    «¿Acaso no pueden los chimpancés haber desarrollado un sentido estético en vez de uno religioso?»

    Si tuviera que apostar, lo haría por eso. Por eso y por, como dices, tomarnos un poco menos en serio. Me apunto también a lo de quitarnos importancia y tratar de ver el mundo desde otros puntos de vista.

    Como dice el comentario anterior, «ojalá».

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