Ayer Fran Alvedro me pasó por Twitter un enlace a la tribuna de la defensora del lector de El País titulada Errores y horrores de agosto. En ella, Milagros Pérez Oliva desglosaba las quejas de los lectores del diario de PRISA sobre las incorrecciones publicadas en su periódico durante el mes de agosto.

Un medio como El País no puede tolerar que se cometan errores de bulto como los citados en el artículo de la defensora. Para ello se exige que los periodistas conozcan su principal herramienta de trabajo (el idioma) y se establecen una serie de filtros para corregir errores y erratas. 

Sin embargo, parece que estos controles fallaron y se colaron incorrecciones tan graves como, por ejemplo, hacabóha practicarpreveemosa elegido usted.

Milagros Pérez Oliva, defensora del lector de El País

La lista se completa con errores de concordancia, desconocimiento de la materia de la que se habla, confusiones incomprensibles (logaritmo en lugar de algoritmo), errores de traducción (la eterna confusión entre billion y billón) y la más pura dejadez. La defensora recoge estos y otros en su tribuna con una especie de mezcla entre resignación, incredulidad y descorazonamiento, con el aire de quien clama en el desierto.

Según dice la defensora, el director del periódico, Javier Moreno, «hizo un severo reproche a toda la redacción por la gran cantidad de errores que se cometen». Y cita a Moreno: «El error más pequeño resulta intolerable, porque causa un grave daño a la imagen del diario».

Para terminar dice:

La edición digital aparece como la más vulnerable. Todo apunta a que hay un problema de exigencia individual, un problema de supervisión y también un problema de formación.

Y aquí es cuando no estoy de acuerdo. Es cierto que la edición digital es la más vulnerable, así como también es cierto que hay un problema de supervisión, más que nada porque no existe tal supervisión. Sin embargo, discrepo tanto en lo referente a la exigencia individual como al problema de formación.

Durante años, he tenido la suerte de trabajar junto a los redactores de ElPaís.com y, si hay una exigencia (al igual que en el resto de los medios digitales) es la de la urgencia. Importa más publicar pronto que publicar bien. Hay que tener las noticias antes que la competencia. Bien, mal o regular, eso es lo de menos. Hay que tenerlas y punto. Como es lógico, esta exigencia viene impuesta por los mandos, no por la redacción, por lo que se hace inevitable que se cuelen errores y que sea imposible revisar todo lo publicado. En cuanto a la formación, algunas de las personas más cultas e inteligentes que conozco trabajan en la edición digital de El País.

Con estas líneas no quiero justificar los errores cometidos por mis ex compañeros. Sigo pensando que son intolerables, pero achacarlas a una falta de exigencia o de formación me parece que es desconocer completamente el medio del que se habla.

Entiendo que el trabajo de la defensora no es agradable: tener que canalizar las quejas de los lectores y entonar el mea culpa en nombre de terceros tiene que ser duro. Pero me encantaría que, antes de criticar la profesionalidad de algunos de sus compañeros de profesión, indagase antes cómo es su día a día.

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