Faustino Vázquez, fusilado por contar la guerra desde dentro

En Fusilado por llamar «sarasa» a Franco, Daniel Prieto recupera la historia de Faustino Vázquez, un barbero monfortino «obligado a combatir en el bando nacional» (como reza la entradilla del reportaje).

Da gusto leer el texto de Prieto, una glosa de un personaje desconocido de la Guerra Civil y que sirve para contextualizar la vida de muchos miles de personas en aquellos años de los que sólo recordamos los grandes nombres y de los que no parece quedar memoria de los personajes secundarios como Eduardo Martínez o el propio Faustino Vázquez.

Antes de que nadie lo pregunte, no parece haber motivo alguno para sacar a la luz este tema, pero ¿acaso la memoria histórica lo necesita?

Tras el salto, os dejo la traducción al castellano del reportaje publicado originalmente en Xornal.com. Omití algunos fragmentos que no me parecieron relevantes (como que jugase al fútbol o que hubiese hecho periodismo deportivo) pero que podéis leer en el reportaje original, enlazado en el primer párrafo de esta entrada. Aparte de eso, sólo añadí las negritas, con la intención de facilitar la lectura y destacar lo que me parece más relevante.

«Franco, en vez de marcarnos cara al sol con el sable desenvainado y montado en un brioso corcel de pura raza española el camino de una nueva España que cree conseguido, nos señaló el de la perdición de nuestra querida y amada patria». Este texto, escrito por el soldado de reemplazo Faustino Vázquez Carril el 2 de septiembre de 1936, en pleno campo de batalla, le costó a su autor la muerte. Mená, como le llamaban todos sus amigos, nació en 1914 en el municipio lucense de Monforte de Lemos y se vio en la obligación de combatir en el bando nacional. Durante los tres meses en los que permaneció en el frente para «reconquistar» Asturias, elaboró un diario de campaña con la intención de «poner al descubierto el día de mañana todas las infamias cometidas por las fuerzas que luchan en pro del Capital y de la Religión«. Tras el éxito del golpe militar en las provincias gallegas, el control de Asturias «la roja» se convirtió en un objetivo prioritario para los rebeldes, debido a la inferioridade en la que se instaló el general Aranda tras sublevarse en la capital, Oviedo, cercada por una Asturias fiel a la Segunda República.

En los escritos, que tituló Apuntes de mi blok. Diario bélico de la Guerra Civil española (1936-37), Faustino ofrece una visión poco común del conflicto armado ya que describe la situación desde el interior de las temibles columnas gallegas que avanzaban hacia la capital del Principado por el frente occidental. El monfortino califica a Franco de «señorito sarasita» o «mariquita» por «llevar al sepulcro a millares de infelices» y alude al «terror» y a las «miserias espeluznantes» de la guerra. Con su testimonio buscaba también «un desahogo interior al conflicto personal que se le presentaba al estar enrolado en uno de los dos bandos en lucha, conocedor de lo que estaba ocurriendo en este», señala el historiador Emilio Grandío, quien recientemente publicó un estudio sobre esta víctima de la represión: Las columnas gallegas hacia Oviedo. Diario bélico de la la Guerra Civil española (1936-37). «Faustino fue uno más de los hombres que se vieron arrollados por la historia, por un presente en el que la salida más satisfactoria residía en adaptarse como se pudiera» frente al «tsunami de violencia» de aquellos tiempos, explica.

Faustino Vázquez [···] «tuvo el privilegio» de estudiar en el colegio de los Escolapios hasta los 15 años, lo que le permitión adquirir una «educación notable» y la impecable caligrafía que refleja su diario, destaca Grandío.

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Y es que el monfortino, que asistió con 17 años a la llegada del régimen republicano y participó en la guerra con 22, es ante todo un espírito crítico. En sus apuntes, considera la toma de Oviedo, para los rebeldes un segundo Alcázar, un símbolo de la victoria, algo menos prosaico: «Sepultura de la juventud gallega». Según Emilio Grandío, no existen evidencias de que Faustino militara en ningún partido político, aunque sus escritos evidencian que su ideología estaba a años luz de los preceptos franquistas. «¿Quién lleva razón? ¿El Ejército? ¿Las masas? No cabe la menor duda, llevan la razón los obreros. ¿Por qué, pues, esta lucha que va en contra de los intereses del pueblo? Egoístas que somos en la vida, ¿verdad, Franco?», escribió.

Con la crisis laboral de los años 30 decide ingresar en el Ejército y pasa a engrosar las filas del Parque Divisionario de Artillería número 8 de A Coruña. Comienza a escribir su diario el día en que fallece su padre, el 12 de julio de 1936, cuando le conceden unos días de permiso en su Monforte de Lemos natal. En su diario recoge cómo en esos días se librou de ser fusilado en la primera ola represiva, gracias a sus relaciones personales. «Disfrutando de un permiso militar cuando el comienzo de la revolución, me he visto encarcelado porque no quise tomar las armas y salir a la calle con los facciosos, y porque cuando el interrogatorio manifesté que contra un Gobierno legalmente constituido no luchaba y que yo no defendía los intereses de nadie. No me fusilaron gracias a los buenos informes que de mí dio en Lugo un sargento de Infantería», revela. Faustino le dedica su diario a sus amigos José González Valdés y Luis Calviño Rodríguez, por la ayuda «moral y material» que le prestaron. En las declaraciones del proceso militar posterior, ambos aseguraron desconecer la existencia del bloc, aunque admitieron que Faustino escribía muchos apuntes que a veces rompía. «Dejadme con mis locuras», les respondía a los compañeros que criticaban su frecuente toma de notas. Estos dos compañeros negaron tener conocimiento de su «ideología extremista» pero, en todo caso, apelaron a la amistad que mantuvieron con Faustino durante la guerra.

La sublevación le coge pocos días después en el cuartel y, en un estado de confusión absoluto, con el desplazamiento de millares de soldados gallegos, se convertirá en un miembro de los denominados mariscos, las columnas gallegas que se pusieron en marcha con la prioridad de controlar el occidente asturiano y tomar Oviedo, además de Madrid. Estas tropas estaban compuestas en su mayoría por jóvenes de reemplazo que se encontraban realizando el servicio militar, o que se tuvieron que integrar en él a la fuerza. El 17 de octubre de 1936, las columnas gallegas toman contacto con los defensores de la capital de Asturias. El gobierno legítimo era consciente de que la pérdida de Oviedo podría suponer el fin de la Segunda República.

Faustino parte hacia esa ciudad el 9 de agosto de 1936. Va recogiendo en su bloc todo lo que se sucede hasta febrero de 1937, cuando su diario llega a manos de las autoridades franquistas mientras se encuentra convaleciente en el Hospital de A Coruña tras sufrir un accidente de tráfico. Es condenado a muerte por el contenido de su diario. En las página escritas a lápiz, manchadas con el lodo del campo de batalla, que se conservan en el Archivo Militar de Ferrol, este monfortino refleja los comentarios de indecisión iniciales y la posterior declaración del estado de guerra, la monotonía de la batalla y sus vivencias, mezcladas con sus reflexiones. Admira al «gran político don Manuel Azaña», a Largo Caballero y a Casares Quiroga, y vierte sus ideas anticlericales y próximas a la izquierda republicana de la época, pero bastante alejadas del marxismo.

Aunque es un militar convencido, que incluso destaca las actuaciones valerosas de los coroneles Teijeiro y López Pita y del coronel Aranda, es muy crítico con el Ejército y con los mandos alzados, especialemente con Franco y Queipo de Llano. Ataca a Falange, al considerar qeu sus integrantes no tienen el valor necesario para luchar en primera línea y se dedican a ejercer la represión en la retaguardia. Así, los define como «mujerzuelas» y «chulos de los Cantones», en referencia al lugar por donde acostumbraban a pasear por A Coruña.

También rechaza los fusilamientos que se producen a su alrededor, como el del gobernador civil de A Coruña, Pérez Carballo, y de algunos de sus amigos. Critica los asesinatos de los dirigentes socialistas coruñeses, los hermanos García, a quienes se refiere como «los hermanos Bebel». Eso le lleva a abjurar de la guerra por completo. «Dicen ustedes que hay que castigar a los malhechores públicos, a los que llevaban a España por el sendero del caos, a los que querían convertirnos en rusos. Pero por lo que se refiere a la justicia e injusticia de la guerra, ustedes simplemente están condenando a muerte, mutilación y tormento a militares y millares de hombres inocentes«, escribe.

Faustino realiza un canto contra la violencia mientras denuncia las atrocidades cometidas en la guerra, que se traduce en largas jornadas de inactividad interrumpidas por días de intensa batalla y tensión. No oculta la agobiante superioridad con respecto a «los rojos». En Trevías, por ejemplo, calcula que hay 25 soldados por cada miliciano, ya que «sólo disponían de unas deplorables escopetas de caza y así, ¿cómo iban a hacer frente a un ejército armado hasta los dientes?»

A veces, Faustino recoge el terror que presencia como un mero testigo, como cuando narra la captura de cinco soldados republicanos que se dirige a Trevías creyendo que ese núcleo se encuentra aún bajo su control. Tras ser llevados a Ferrol, fueron ejecutados inmediatamente por varios compañeros de Faustino que se presentaron voluntarios para ejercer de verdugos. «Estos hombres retornan tan contentos al cuartel. Alguno tiene el cinismo de jactarse de valiente. ¡Cuánta ignorancia! No se da cuenta de que lo que hizo fue un acto ruin y cobarde», relata.

El soldado también recoge en su diario los gritos desesperados de una mujer que está a punto de perder a su marido, al que varios de sus compañeros se disponen a fusilar. «Y en medio de todos esos gritos de dolor y desesperados, resonó claro el eco de varias descargas de pistola. Todos comprendimos el fin que llevaban. La mujer también lo comprendió, pues al momento quedó como paralizada. Dio un grito. Y cayó como muerta. Y su cuerpo al caer hizo crepitar las losas del pavimento. Después nada. Su cuerpo es recogido y atendido. Regresan los ejecutores y todos tan contentos»

En otras ocasiones, Faustino elogia la entrega de los soldados republicanos, como cuando encuentra a cinco de ellos asesinados: «Nos fijamos bien en los marxistas caídos y observamos que uno de ellos tiene el puño cerrado. ¡Qué valientes! Dan su vida por un ideal y mueren pensando en él. ¡Sois dignos hijos de vuestro maestro Lenin! Yo os admiro». Así, ante las «fórmulas bélicas y criminalistas» de Franco, que conocerá en el frente de primeira mano, Faustino termina el prólogo del diario «gritando con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Viva el Frente Popular!», como si puidera presagiar que un día se iba a encontrar ante un pelotón de fusilamento tras el descubrimiento de su diario.

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